dissabte, 29 / agost / 2009

La conspiración del verano

de XXXXXXXXXXX
per a
data 13 / agost / 2009 02:14
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Toni, me tendréis que perdonar que no os haya podido escribir hasta ahora. Bueno, poder he podido hacerlo un par o tres de veces, pero por H o por B siempre se me iba el santo al cielo, o el pene a la vagina, nunca mejor dicho. La respuesta a tu pregunta es sí, me contrataron. No sé si me contrataron y a ti no por el hecho de entrar a la vez en la oficina, y que yo llevara un polo estándar Pull & Bear y tú una camiseta de La casa de los 1000 cadáveres, o porque soy ligeramente más guapo que tú. Será porque les recité de memoria un fragmento de un artículo absurdo de la revista Stuff, creo que era la Stuff, o la FHM, qué más da.

Pero el caso es que sí, que entré a formar parte de esta extraña brigada barcelonesa, que algunas de las personas de nuestro círculo querrán calificar de infame, no sin razón, aunque otros querrán hablar del karma, de Guy Debord, de aquella frase de Jonathan Swift, de la importancia de preservar el paisaje, de que lo importante es amar, de Gente Supuestamente Importante Que Hace y Dice Cosas Estúpidas, de la izquierda exquisita, de que todo es una farsa, de las nuevas vías de la ficción cinematográfica y la mirada anal, de horizontes artificiales, de bacanales de estulticia, de mujeres que guardan penes en botes de formol o de las sandeces culinarias de los que nos gobiernan. Todos tendrán razón, a su manera. Y la verdad es que me corroe la curiosidad por saber -no lo sabremos nunca- a quién se le ocurrió la idea, a cuál de los tres partidos pertenece, si esa persona era soltera o casada, si había tomado sustancias cuando redactó las bases del asunto, si hace crucigramas, si se masturba, si alguna vez ha muerto y vuelto a la vida, si es un robot que crea entornos interactivos aleatorios, si tiene un hijo aparentemente retrasado, si me está observando mientras escribo este correo, o si te estará observando a ti cuando lo leas.

Aun no nos han pagado, pero se supone que nos pagarán. Nos pagarán por haber hecho exactamente lo que parecía que había que hacer. Es estrambótico, pero sí: te asignan una pareja, heterosexual, y, día sí día no, a unas determinadas franjas horarias, las de mayor tráfico de personas, tienes que pasear con tu pareja por determinados lugares de nuestra hermosa ciudad, comer helados en bancos, salir del cine o entrar en él sin ir a ver la película, besarse apasionadamente siempre que pasen turistas norteamericanos, magiares o chinos, hacer alguna buena acción cuando haya cerca niños o gente supuestamente inadaptada (deberías leer el decálogo sobre inadaptados que redactó la Conselleria), sonreír sin que parezca exagerado, ir de compras -la ropa que compras luego se la dan a una ONG indeterminada-, o estar cogidos de la mano mirando embobados algún edificio de interés histórico, cosas así.

Como guinda del pastel, un polvo al amanecer en la Barceloneta. Bueno, eso es broma, además no tendría audiencia, que es lo que a ellos les interesa, que la gente lo vea. Aunque, off the record, yo sí eché un polvo al amanecer con mi compañera de trabajo, no en la Barceloneta, en otra playa, pero fue solo ese, un polvo de despedida, tú me entenderás. Me preguntarás si estaba buena. Bueno, no estaba mal. Aunque lo gracioso del asunto es que muchos y muchas de los contratados (creo que hay unas 600 “parejas falsas” por la ciudad) tenían pareja estable. Al menos, algunos con los que hablé me dijeron eso. Un tipo me contaba que siempre que salía a trabajar con su compañera, en las terrazas y en los parques, a no más de 10 metros siempre había un negro con gafas de sol y cara de querer matar a alguien. Y su compañera le acabó confesando que era su novio, que hacía de carabina.

Bueno, ya os contaré, fue divertido, no estuvo mal, y podremos enzarzarnos en especulaciones antropológicas sobre a donde quieren llegar los que predican esa filosofía del “Barcelona, posa't guapa”, usease aparadores de carne fresca y consumibles caros con lucecitas de navidad. Recuerdo que una vez me comentaste que a veces salías a la calle y cada tantos metros había una pareja besándose, como si fuera algo estratégico, como si uniendo los puntos desde el aire pudieran formarse constelaciones, como si existiera una especie de señalización preternatural de los territorios, vinculada al rito de cortejo y apareamiento. Tendremos que preguntarnos si esta gran mentira no ha existido siempre, como la de los Reyes y el Ratoncito Pérez; aunque, desde luego, esta operación de amor masivo perpetrada por nuestros intrépidos jerifaltes no decepcionará a aquellos que, desde siempre, han creído a pies juntillos que la expresión “todo va bien” no significa otra cosa que una postal de verano adecuadamente condimentada. Que lástima que Langley, Frohike y Byers, los pistoleros solitarios, sean meros personajes de ficción. Se lo pasarían pipa con esta conspiración tan bienintencionada, positiva y demencial.

Nos escribimos para el finde que viene, que este ando algo liado,

J.

dijous, 28 / maig / 2009

Para los que creen en confesiones

No sé si alguien dijo una vez que la vida es el limbo, el espacio muerto, el lote baldío, que hay entre aquello que estás a punto de hacer, o que crees que vas a hacer, y lo que terminas haciendo. A menudo es cómo un ascensor que te toma el pelo, o como una mentira con tentáculos, algo así. El caso es que llevaba días incubando una de esas ideas grotescas que casi siempre -bueno, no diré tanto- nacen y mueren en esos lotes baldíos de la imaginación. Una idea depravada, para ser más exactos. Un poquito depravada. Quería celebrar mi marcha de cierta ciudad con una buena paja, una paja notable, válida, justamente espectacular. Y tenía una compañera de piso que trabajaba -aún trabaja- fuera de la ciudad, y estaba fuera todo el día. Y otra que probablemente estaría en la universidad. Mi compañera, la que trabaja, no es un prodigio, yo la llamaría culona, pero bueno, es una tía, maja, sólida, potable. Cuando ya tenía la maleta hecha y me había despedido de mi compañera china, que se había ido a la universidad, traté de abrir la puerta de la otra compañera, para ver si estaba cerrada con llave. No lo estaba. Entré. Miré en varios cajones, los de la mesita de noche, los del armario, hasta que ante mí aparecieron varias bragas. Había unas rojas, con unos motivos orientales, una especie de cara de chica anime. Molonas. Seguro que le quedaban bien. Otras más oscuras, con bordados. Cogí las rojas. Y, sin ir a publicidad, sin intervalos para los monólogos interiores ni para el indicio de arrepentimiento, me fui a la habitación, me la saqué y empecé a masturbarme. Iba caminando por la habitación, y luego me recosté en mi ya desmantelada cama, que pronto ocuparía alguien peor o mejor que yo.

Al principio parecía que quizá fuera esta la vez en que mi maldición quedaba superada. Parecía que pasaba algo, que podía pasar algo, notaba cierta complicidad entre yo y mi enemistado miembro. Pero luego parecía que era una falsa alarma, que naranjas de la China, y decidí continuar en la habitación de la compañera. Entré y busqué la manera de rozarme con sus sábanas y su pijama, cambié de mano y me llevé las bragas a la nariz y al torso, me revolví como una culebra resucitada, como una salchicha peleona, como un ciervo que ve por primera vez la película Bambi, y no puedo decir que lo viera todo claro, que tuviera una epifanía, pero miré por la ventana y vi que llovía y comprendí que cuando ya no estás dentro del torbellino, sino que eres el torbellino, ya no puedes escapar. Hay épicas y épicas, putas y putas, y siempre es mejor una paja inolvidable que una puta golpeable. Y entonces algo ocurrió, quizá un ruido, quizá hay cuevas a las que bajas y te quedas ciego y sordo, y sonó la alarma, y cambié de bragas. Volví a mi cama, empecé a hacer desesperados movimientos de pies, para recuperar el carisma, ese que nunca tuve, el termómetro del amor que no sube, cuarenta grados y tanta frialdad, y cuando lo tuve, haciendo trampas pero lo tuve, allí estaba, ATO, Pascual, Central Lechera Asturiana, pero nunca leche de soja, nunca, nunca, allí estaba y en uno de esos gestos que hacen grandes a los grandes criminales, a los napoleones del crímen, digo, en un instante de lucidez sánscrita, tokhari, cementerios micmac y tu boda con la hija del asesino de la katana, o de la ballesta, o conmigo, o con Manolo, que podría ser el próximo presidente de la escalera.

Cuando estaba a punto de correrme, maldita palabra, aparté violentamente aquellas bragas oscuras con las que me estaba refregando los testículos, bajo el mástil, y las eliminé de la escena, para que no sufrieran daños colaterales, ya habían cumplido su misión. Creo que casi todo cayó en mi pierna derecha, me levanté de un salto, cogí las bragas y las tiré con furia al suelo, corrí al baño y empecé a darme agua en la pierna. Una vez aseado relativamente, recogí las bragas, las doblé, aunque seguro que no las doblé como ellas las doblan, y las dejé donde estaban, con las otras, y me fui. Cogí el autobús por los pelos, como si el Destino me estuviera ofreciendo la jocosa posibilidad de perder mi avión y pasar la noche en el piso, en el que al otro lado de la puerta, alguien estaría pensando en que sus bragas huelen a hombre, y qué hombre podría ser. Quizá también mira por la ventana, como antes miré yo, y le agradece a la lluvia este olor, qué bendición, qué calentito, qué bonito cuando el sexo aparece y te guiña el ojo maliciosamente desde un cajón. Definitely maybe.

dilluns, 18 / maig / 2009

Conocernos mejor

Tres cuarenta y dos de la mañana. Suena el móvil y pego un grito. Siempre pego gritos cuando suena el móvil mientras estoy durmiendo, no sé por qué, pero sucede así, ver ese resplandor en la oscuridad y adaptarme a las reglas del mundo real justo cuando estoy inmerso en alguna perversión onírica, que te despierten así de sopetón, duele. Mis compañeros ya están acostumbrados. Cogí la llamada. Era mi detective favorita, y estaba excitada.

-¡Marcus, la tengo! ¡La cruz de Coronado!
-¿Qué? -me empecé a tocar el pene. Lo hago a menudo cuando hablo con mujeres por teléfono.
-Perdón. Pensé que te haría gracia el chiste.
-No mucha. -empecé a rascarme un testículo.
-¡La encontré, Toni! Ahora mismo la estoy viendo trajinar por el comedor, a través de la ventana. ¡Que emoción! ¿Crees que graba programas televisivos al azar?
-¿De quien hablas? ¿La cruz de Coronado?
-¡No! ¡De Ella! ¡Tu mejor amiga!

Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Retiré inmediatamente mi mano de mis genitales, me puse bien el pantalón del pijama, me arreglé el pelo y me levanté de la cama. Me tomé unos segundos de prácticas mentales para decidir como tenía que sonar mi voz para tener un tono imperativo y resuelto. Reanudé la conversación.

-Dime dónde estás, y aparta cinco euros de lo que hayas ganado hoy haciendo malabares porque no tengo dinero en efectivo aquí y vas a tener que pagarme un taxi.
-No tengo cinco euros.
-Bueno, tendré que pasar por el cajero.
-Pues es un bloque de pisos en la avenida de Vallcarca, hacia el final, al lado de esa biblioteca que seguro que conoces.
-Sí, la Jaume Fuster, vale. Espérame en la salida de metro de Lesseps. Estás sola?
-No, bueno, con un amigo.
-Vale.

Me vestí a toda prisa, cogí uno de los bolsos del festival de Sitges, metí dentro un cuchillo de cortar el pan, me lavé los dientes y bajé a la calle. Tuve suerte y no tardó en aparecer un taxi, justo cuando yo salía del cajero. El taxista empezó a hablarme de la liga del Barça y de lo malo que era Eto'o, pero yo solo podía pensar en Ella, en como sería nuestro encuentro, en que me diría, en que le diría yo a Ella, y si iba a ser capaz de matarla. Por supuesto, aún tenía mis dudas sobre su existencia corpórea, y lo más probable es que la llamada de Miriam tuviera mucho que ver con algún delirio influido por la marihuana. Pero valía la pena probar. Lo que había al final de esa quimera tenía que ser gratificante. El taxista me dejó en el metro de Lesseps y se perdió en la noche, no sin antes exclamar, al tiempo que cerraba la puerta, un ufano Visca el Barça!

Miriam y su amigo negro -como no- ya estaban ahí. Nos saludamos y caminamos en silencio hasta llegar a un portal. La puerta estaba abierta, entramos, Miriam se adelantó, dobló el pasillo y señaló uno de los buzones. P. Reza. Lo admito: no estaba mal. Tenía su gracia. Y existía la posibilidad, remota, de que fuera ella. Pero también podía ser Pedro Reza, Patricia Reza, o una puta que rezaba al dios de las meretrices. Quizá era la Penélope Cruz del futuro, cuando para ella esa palabra ya no tuviera sentido y decidiera cambiarse de apellido. También podía existir una relación de parentesco con Yasmina Reza, lo cual lo hacía todo más interesante y mediático.

-Antes entró un tipo a cuatro patas y nos pidió que le acariciáramos el pelo -dijo el negro.
-Pero era medio calvo. Dios, sacó la lengua y todo, creí que me iba a lamer la mano -Miriam hizo una mueca.
-Habría estado bien. Y subió al piso de P. Reza?
-Sí. Subimos con él en el ascensor.
-Bueno, lo comprobaré.
-Vas a matarla?
-Es una posibilidad.
-Y escribirás en la cárcel?
-Se me ocurren pocos sitios mejores que una cárcel para bastir una obra maestra de la literatura -respondí, mientras abría la puerta del ascensor y me metía dentro.

P. Reza vivía en el cuarto piso, pero bajé en el tercero para preparar una estrategia o algo. Mientras el ascensor ascendía y yo me acariciaba los pelillos de la barba alguien me mandó un SMS. Lo abrí y a través de ese lenguaje cripto-económico tan propio de nuestra era creí entender que había muerto Mario Benedetti. Bueno. Me dije que podíamos empezar la discusión con un revés poético. Podía empezar llamándola “compañera” en vez de llamarla por el calificativo que se merecía.

Cuando volví a subir al ascensor en el tercer piso para iniciar el ascenso definitivo, sólo tenía clara una cosa: que no iba a bajarme los pantalones y los calzoncillos, como suelo hacer cuando hago llamadas telefónicas que no quiero hacer o cuando quiero quitarle hierro a la toma de una decisión apremiante.

dimarts, 12 / maig / 2009

Trampa mortal

Accidentes naturales impidieron ayer la actualización de este dietario. No fue la dieta mediterránea -ahora mismo no me encuentro cerca del Mediterráneo-, ni, como algunas voces maliciosas apuntaban, el retraso tampoco se debió a una dimisión de mis obligaciones. No voy a mentirles tampoco diciéndoles que se produjeron uno o varios orgasmos grupales. Sin más, aquí está el nuevo texto.


Ella siempre se me aparecía como una trampa mortal. Me dio esa impresión la primera vez que reparé en ella, haciendo fotocopias de planos de edificios en la copistería de la universidad. Sentí el escalofrío las veces que coincidimos en cenas de clase y ella bailaba, siempre ajena a las conspiraciones cruzadas que se cernían alrededor de las chicas como ella. Aprendí a odiar su pelo rizado y su forma de andar durante la infernal etapa en que fui caballero a mi pesar y tuve que introducirla en una singular cosmogonía de amistades metafísicas, no siempre presenciales, con las que ella trataba de olvidar las traiciones más recientes. Pero creo que entendí eso de la trampa mortal aquella noche aciaga y extraña en que le escribí, en la mesa del comedor de su casa, una de esas cartas que todo poeta maldito querría tener en su haber, y ver publicada después de su muerte. Desde luego, si esa carta salía a la luz, debía ser después de mi muerte, o cuando yo ya hubiera sido encerrado en alguna oscura habitación, acusado de algo extravagante e incomprensible.

Han pasado tres años desde que escribí aquella carta terrible y ahora no entiendo nada. Tan sólo acierto a entrever que sí, que lo de la trampa mortal iba en serio, y mientras volamos a bordo de este taxi por las calles de la ciudad -su pelo rizado sigue ahí, y su seguridad infantil, y todo lo que me ponía caliente y filosófico cuando pasaba tiempo con ella. Volamos a bordo de un taxi, pese a que yo siempre pensé que, Dios mediante, nunca volvería a ver su cara. Hace veinte minutos estábamos en un café, y ella me ha dicho que tenía que hacerle un gran favor, que me necesitaba para una comida familiar, y yo no podía dejar de pensar en la carta, en los pasajes más infames de la carta, y en mi demencia, que yo creía tener controlada, que vuelve a campar a sus anchas. Y ella no parece afectada, y bajamos del coche, estamos en una zona residencial, no he tomado ninguna droga pero mi metabolismo está reaccionando igual que si estuviera hasta los topes de algo chungo.

Aunque estamos aún a bastantes metros de la escalinata que conduce a la puerta, se oye música de piano. La hierba crece de forma desigual, y hay troncos partidos dispuestos sin demasiado sentido, como si el jardín lo hubiera pensado un genio esquizofrénico, y me llama la atención una ventana, me paso la mano por la frente, porque he visto una cara muy extraña mirándome con ojos de deseo. No sé si era una cara.

Y en el momento que me dispongo a desterrar esa cara de mi campo de visión, aparece otra cara, a un palmo de mí, unos colmillos babeantes, unos ojos amarillos, y oigo un disparo, pero no me desmayo y veo, a mis pies, un perro negro, que no sé si ha llegado hasta mí volando o de donde ha salido. Un perro negro al que le han reventado la cabeza de un disparo. Un hombre impecablemente vestido, con una escopeta en la mano, corre hacia el perro. Veo que ella se ha avanzado unos metros y habla con alguien en la escalinata.

-Ahora lo retiro, señor. -mientras habla, el tipo impecablemente vestido saca un palillo chino de un bolsillo interior del chaqué, y toca, con cierto recelo, el cuerpo del perro.

-Pero... lo ha matado? -qué asco, la cabeza reventada, qué gafe soy- Está muerto? Lo siento, lo siento. -se me traba la lengua y no entiendo nada.

-Tranquilo, señor. Hay muchos perros como este por aquí, y estoy seguro de que este era prescindible. Tome, tome este pañuelo, dese un poco de aire, que le veo algo pachucho...

Ella ha vuelto y está al lado del señor impecablemente vestido, que deposita el cadáver del perro en un carrito de la compra. Hay otro señor, que va en batín, y me ofrece su mano. La estrecho, no del todo convencido.

-Toni, este es mi padre. Por fin os vais a conocer...

-Me han hablado mucho de ti -dice él, y suelta una carcajada-. Estoy un poco borracho, pero pronto tú también lo estarás y ninguno de los dos lo notará. Entremos, me temo que el recital ha empezado sin nosotros.

Y voy a ir entrando, con la cabeza en otro sitio, pero percibiendo una decoración cuanto menos inquietante, y conforme me adentro en un gran salón lleno de mesas y comida, y de gente bebiendo, fumando y bailando, voy a oír una voz de niño, que me resultará extrañamente familiar. Una voz de niño declamando, y miraré al frente, y veré, efectivamente, a un niño declamando, recitando en una tarima, ante un micrófono, entre una algarabía muy poco formal.

Creo que me va a dar algo, porque, justo en el momento en que me quedo quieto y escucho en vez de oír, reconozco en la voz del niño, de ese niño también impecablemente vestido, las palabras exactas, amplificadas por la convicción de quien se sabe poseedor de un discurso relevante, las palabras exactas, digo, de aquella carta que ahora, en este mismo instante, empiezo a desear no haber escrito jamás.

dilluns, 4 / maig / 2009

Tranquilos, hablaré de peces

Puedo asegurarles que no es mi intención consagrar este blog al hecho onanista en sí, pero resulta que, para llegar al descubrimiento semántico-culinario que quiero compartir con ustedes, debo remontarme a ciertas masturbaciones del pasado. Amigos, yo también fui un espectáculo de feria. Probablemente lo sigo siendo, pero el caso es que, siendo muy niño, descubrí una combinación de movimientos de piernas y manos que producían en mí algo que llamaré “gustirrinín”. El gustirrinín era tal que, con el tiempo, lo hacía en todas partes, a la que podía. Una vez, me llamaron la atención, en el colegio, me preguntaron porque lo hacía, y respondí: “porque me da gusto”. Abandoné esta misteriosa gimnasia hacia la edad de 11 o 12 años, cuando empecé a notar que, cada vez que lo hacía, los pantalones del pijama, o los calzoncillos, quedaban mojados con una pegajosa sustancia amarillenta.

Pero muy poco antes de dejarlo tuve un profesor, uno de esos que no quería ser profesor, que se ganó mi confianza y logró que le revelara el secreto de mi pequeño éxito. Convencido de que aquello podía ser rentable a efectos mercantiles, convenció a mis padres, con una perorata esotérica, de que debíamos iniciar una gira por las ferias medievales de Catalunya, vendiendo mi técnica masturbatoria como si fuera una remota tradición catalana, ya perdida, casi perdida, de la que yo era el último oficiador. Como quiera que la excentricidad de la propuesta encandiló a los promotores de las ferias -eran los aburridos primeros 90, antes del auge de la telebasura- recuerdo haber vivido un verano en que me trataron como si fuera una estrella. Nos dedicábamos a ir a los pueblos, y, vestido con un ridículo atuendo de bufón gay de la corte, tras un decorado de una torre de un castillo, ejecutaba mi ritual y dejaba sobre un plástico negro esterilizado la prueba, la mancha, eso que había en el vestido de Monica Lewinsky. Una manchita humilde, que a veces se resistía, lo normal en un niño de tan temprana edad. Mientras tanto, a mi alrededor, la gente compraba chocolate y fuet, había herreros que forjaban el hierro, justas caballerescas y demás. Yo me masturbaba.

Muchos años después, me enamoré de una pescadora. Bueno, digo que me enamoré, aunque también podría decir que quería mantener relaciones sexuales con ella. La pescadora ecía no saber nada de cine ni de música; solo conocía el mar, los peces y las pollas de los marineros que habían logrado acostarse con ella. Así que decidí que le escribiría un poema. Y he aquí que cuando me senté a buscar las palabras para ese poema, me acordé de aquellos tiempos de las ferias medievales, me acordé porque siempre comíamos en restaurantes caros y, en la sección de pescados, nunca faltaban el rodaballo y el bogavante. Me obsesioné con estas dos palabras.

No sé si a ustedes les ha pasado alguna vez, pero a veces me obsesiono tanto con desnudar palabras, ya que no puedo desnudar a muchas mujeres, que las palabras acaban perdiendo su condición de palabras, acaban reducidas a letras, a una esencia apenas perceptible... y ocurrió que el rodaballo y el bogavante flotaron, pelearon, se besaron a traición en el aire, y terminaron travestidos, convertidos en bogavallo y rodabante. Existía una música indudable en estos dos nuevos términos. Una música como de engendro mecánico, una naturaleza marginal que se resistía a morir, a ser sepultada por el tiempo.

Y tuve una iluminación: el bogavallo y el rodabante siempre habían existido. Eran, probablemente, los peces originales. Pero alguien, probablemente un amante despechado, efectuó una operación quirúrgica -calculo que fue en el Titanic, incluso me suena de haberlo visto en las escenas eliminadas de la peli de James Cameron. Alguien malvado escribió una de esas páginas poco conocidas de la Historia: mutó para siempre al bogavallo y al rodabante, y los convirtió en los infames, quiméricos, temibles, abstractos, Rodaballo y Bogavante.

No había tiempo que perder. Compré un rodaballo, un bogavante, un cuchillo de carnicero y un juego de regla, escuadra y cartabón. Medí el rodaballo y el bogavante, y los seccioné justo por la mitad. Eureka! En los cuatro trozos quedaron al descubierto una especie de protuberancias, unas piezas como gelatinosas. Con una mano temblorosa agarré la parte de la cabeza del rodaballo y la acerqué a la parte de la cola del bogavante y, como si fueran imán y hierro, se juntaron haciendo un sonido algo asqueroso, y el nuevo pez me guiñó un ojo. Estoy seguro que si tuviera brazos y manos me hubiera dado una palmadita en la espalda. Hice lo mismo con las dos partes restantes y, en el momento en que se unieron, una luz cegadora abrasó la estancia por un instante. Y os juro que lo que oí fue lo que se oye cuando juegas a las tragaperras y ganas y empiezan a caer monedas.

Ahí estaban, el bogavallo y el rodabante, chapoteando encima de la mesa. En un primer momento pensé en cocinarlos, pero pensé que debía compartir mi fascinante descubrimiento con la pescadora, y corrí a su encuentro, con un pez en cada mano y mi miembro duro como una piedra. No me extenderé en el resultado del encuentro: nos comimos los dos peces en su barco, sin importarnos que fueran ejemplares únicos, y luego se bajó la falda. Pero resultó ser una sirena, y no había por donde meterla, así que después de manosearla un poco y esas cosas, salí dando un portazo del camarote, gritando “¡Dile a los griegos que se pueden meter su poesía y su mitología por el culo! ¡Y nunca se la chupes a un marinero si no te lo pide expresamente!”.

Ah. El profesor, el que conocía mi masturbación secreta, murió de sobredosis el día que se estrenó Street Fighter: la película. Poco después me llegó una carta suya, fechada el mismo día de su muerte, en la que me aseguraba que se llevaba mi secreto a la tumba. Y que no era pedófilo, aunque eso a nadie le importa ya.


dilluns, 27 / abril / 2009

Llamadas telefónicas

Introduzco una moneda y marco un número que tengo apuntado en una factura del Condis.

-¿Sí?
-¿Natalia?
-¿Quién eres?
-Soy Toni, de Periodismo, de clase. Te grabé una vez el DVD de Requiem por un sueño, ¿recuerdas? Para un trabajo...
-¡...Ah, sí! ¿Qué tal? ¿Cómo te va?
-Bien, colaborando en cosas por aquí, de cine y tal. Te llamaba para... ¿tu estuviste de Erasmus en Portugal, no? ¿En Lisboa?
-No, en Francia, en Nantes... ¿Perdona, cómo tienes mi número?
-Bueno... lo busqué en la guía. Espero que no te importe.
-Ah.
-No, yo quería preguntarte una cosa sobre el Erasmus, de la convalidación de créditos, tenía entendido que también estuviste en Portugal...
-No, no, estuve en Nantes.
-Ah, vale. ¿Y qué, estás por aquí en Semana Santa? ¿No te vas a ningún sitio?
-No, no hay pasta...
-Lo decía por si te apetecía quedar o algo, un día de estos.
-No creo... estoy liada con trabajos, y estos días también tengo comidas familiares...
-Vale, si eso ya te llamaré otra vez...
-...sí, o ya nos vemos por la facultad.
-Bueno, también quería comentarte una cosa que se ocurrió... en realidad, no sé si coincidimos en ninguna clase este semestre...
-Dime, dime.
-Es una especie de estudio que estoy haciendo.
-Ah. ¿Un estudio de qué?
-Mira, básicamente es crear el enunciado, el rumor, no sé cómo decirlo, de que tú y yo... hemos follado, una noche, por casualidad...
-¿Qué?
-No, consistía en que yo pongo en el Messenger, o en Facebook, algo que no sea muy explícito, pero que a la vez... En plan, “el gato de Natalia me arañó el culo”, o algo sobre tu cama, o que cogí un yogur de la nevera...

Silencio. Uno, dos, tres, cuatro… ¿cuelgo o no cuelgo?

-Pero... pero yo no quiero... follar contigo.
-No, a ver, la idea es que lo que acaba teniendo validez en las cosas, son los titulares, es como en Periodismo, no sé si me explico, que el hecho de que la gente vea algo que les haga pensar que hemos follado, ya es como si hubiéramos follado, aunque no lo hayamos hecho. Lo único que te pediría es que no desmintieras eso... O sea, no hace falta que expliques nada ni des detalles, simplemente es no decir que no, o decir que sí, sin más...
-¿Esto para que es? ¿Me estás grabando, o algo?
-No, no, es para mí...
-¿Para ti?

Nuevo silencio.

-Ehmm.... joder, perdona, sabes, quiero... quiero decir, cuando te estuve siguiendo durante diez minutos por la facu decidiendo si te daba o no el DVD, y alguna otra vez que he intentado abordarte... ¿al final uno lo pilla, no? Eres guapa, y tal, pero no quieres follar conmigo. Vale. No me estoy tocando ni nada de eso, de verdad, no quiero nada... pero pensé que igual era divertido... eso. Que, a ojos de la gente, hayamos follado.
-...
-Al final del año, se hacen esos recuentos, cuando la gente habla y tal de cómo fue, recuerda anécdotas... Toni se folló a Natalia. Algo... inesperado. ¿Natalia? ¿Natalia?

La dura vida del investigador social. Había colgado. Lo peor es que ella no se rió en ningún momento. La llamé desde una cabina telefónica, cerca de su casa.

dilluns, 20 / abril / 2009

Semen en los templos

Con mi visita de ayer a la Catedral de Sevilla, ya son 33 las catedrales españolas y europeas en las que he logrado eyacular. Las catedrales siempre me han inspirado; las catedrales y los edificios en general, las grandes construcciones arquitectónicas. Si el arte es, de algún modo, una forma ‘creativa’ de masturbación, la arquitectura sería la más salomónica y ambiciosa de las pajas. Siempre me fascinaron relatos como ‘En la noche de los tiempos’ de H.P. Lovecraft, con su hipnótica descripción de las estancias donde moran los Antiguos, o ‘El continuo de Gernsback’ de William Gibson, una rayada sobre la arquitectura fascista. Admito sentir sana envidia hacia aquellos que son capaces de imaginar y proyectar templos y grandes edificios.

Pero, por encima de todo, siento que la furia debe ser inherente a todo sentimiento, y un buen día decidí que ya basta de andar pavoneándose por ahí mirando los retablos. Ya basta de decencia impostada; era hora de pasar a la acción y dejar constancia de cuán inspiradoras –y peligrosas- pueden ser las grandes bóvedas y las cristaleras de colores para las mentes sensibles.

Queremos dioses para adorarlos”, dice una tal Colomina, arquitecta, en El País. Yo, cuando tomé la primera de mis resoluciones, no sabía si buscaba un Dios para adorarlo, pero sabía que tenía que existir otra forma de adoración. Otra que no fuera una de esas frases mecánicas de rigor que no reflejan nada más que nuestra impotencia ante algo que nos supera y nos abruma. No sé si estaba abrumado cuando decidí que me masturbaría en las catedrales, pero acarreé con mi decisión.

Les seré franco. No soy un superhéroe. He experimentado con varios modus operandi, pero las más de las veces acabo meneándomela discretamente por debajo del chándal, un chándal que ya se ha convertido en todo un uniforme. No siempre me corro a la primera, a veces se me pone fláccida y tengo que esperar, y unas cuantas veces me frustré y entré hasta dos o tres veces, en días consecutivos, hasta conseguir el ansiado líquido bautismal.

No me fue mal en Sevilla, porque fue una de esas veces en las que logré convencer a una tipa para que ejerciera la labor de prensar el miembro y extraer la leche. Siempre busco un perfil así alternativo, camisetas de grupos de música o pelis, pinta jipi o punkie, gente que no se pueda escandalizar; hay que tener cuidado con las europeas que, según de donde vengan, son bastante modositas. En este caso concreto, tras reclutar a la chica e inspeccionar el edificio, pensé que el mejor sitio para el asunto era en alguno de los ventanales enrejados que hay en el largo pasillo que sube a la Giralda. Escogí uno de los que daba a la calle, y decidimos que yo me pondría frente a la ventana, de espaldas al pasillo, y ella delante. Si lo hacemos rápido, haciendo ver que nos estamos liando mientras ella le da brío, no tienen por qué vernos; es de mala educación curiosear junto a una parejita que se está besando. Y así fue.

En realidad, la cosa nos coincidió con una expedición de esas de niños de EGB, y hubo uno que se asomó y, según mi circunstancial amiga, miró donde no tenía que mirar. Yo no lo oí, pero también dijo que corrió tras otro grupo de niños y gritó “le estaba haciendo una paja”. Tuvimos suerte porque era ese tipo de niño gordo, puro tópico pero de carne y hueso, al que nadie hace caso. Y quizá dijo algo, pero nadie fue a comprobarlo.

Ser eyaculador precoz a veces tiene sus ventajas. No me cuesta lanzar el rayo. Cuando me estaba llegando, le hice a la chica un gesto con la mano para que se apartara y me dejara contemplar la vista en el momento preciso, y ahí fue a parar el estallido. Entre la reja y el cristal, una mancha en la ventana. Enfundé rápido, con la punta aún chorreante, y subimos hacia arriba. Una vez allí, en el punto más alto, le pregunté a un guía hacia dónde quedaba Triana, por decir algo. Luego bajamos tranquilamente, no sin reparar en el camino en la mancha, que seguía ahí, y nos fuimos. Le dije a la chica si quería venir a mi hotel un rato, pero se esfumó pies en polvorosa.

Lo gracioso es que, las veces que se lo he propuesto a chicas, luego o antes tomamos algo, y siempre me empiezan con el rollo de que está bien, es una crítica al catolicismo, que si performances, y yo siempre les digo que me la suda el catolicismo, que Jesús no está entre mis enemigos predilectos, que simplemente lo hago porque me da la gana.

Una vez me acosó un viejo, en Toulouse, y le convencí para que me pajeara en la catedral. Le compré unos guantes de esos de lavar los platos. Esa fue de las veces que temí acabar en la cárcel y saliendo en los periódicos. Hecho el trabajo, empecé a correr y, como él no corría tanto como yo, le di esquinazo.

En Braga me pillaron in fraganti. Recuerdo que me saqué la mano de los bajos e intenté poner paz, le ofrecí la mano al tipo que me decía que me fuera. Le dije que lo sentía y tal, que era sin acritud, pero me echó de mala gana con unos improperios que debían ser la versión portuguesa del “a escupir a la calle”.

Alguna vez he intentado follar, sí, pero nunca lo he conseguido. Una vez lo intenté en unos bancos, durante una misa que tenía absorto a todo el mundo, y en una posición muy incómoda, pero ni yo ni aquella chica bajita de la falda de cuadros escocesa éramos contorsionistas, por no decir que yo soy directamente inepto. Se sentó encima de mí y intentamos ver como se podía hacer, por donde entraría en la cueva y tal, pero lo dejamos por demasiado complicado.